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3 de junio de 2014
Conciencia planetaria
Escribo esto durante el último hilillo de vida del siglo XX, consciente de que lo leéis a la luz recién encendida del siguiente, así que es difícil que no me afecte esa visión propia de Jano que tenemos del paisaje visto desde aquí, pues se extiende largo trecho detrás de nosotros y mucho más lejos por delante. No es solo el amplio paisaje de los asuntos humanos y mundiales, sino también el de un mundo más pequeño que llamamos “medio del cómic”.

Aunque la sucesión de altibajos de la última década no supondrá el fin de dicho medio, resulta difícil no tener la sensación de que, si bien los cómics no se han derrumbado para siempre, algo ha cambiado. Algo ha muerto. No es un mercado, ni un formato, ni un estilo ni algo propio del mundo cruel y material del comercio puro, sino una cosa mucho más abstracta y enrarecida, una esencia fantasmal.

Tal vez lo que se ha transformado no sean los cómics en sí sino su público. ¿Será posible que la gente haya cambiado con la prisa furiosa y acelerada de los últimos 100 años mientras los cómics que leen han evolucionado más despacio o, en muchos casos, en absoluto? Uno de los axiomas definitorios del medio durante este siglo ha sido que la gente no quiere cambios sino tener la sensación de que las cosas cambian. Es una falacia basada en la mera observación a corto plazo. Aunque no sea cierto que la gente no desee cambiar, también lo es que aquello que queremos y lo que obtenemos no es lo mismo. El siglo XX no nos proporcionó más que cambios turbulentos y constantes, y no se paró a preguntarnos si los queríamos. Conocíamos el cambio, y nos transformábamos siguiendo el torrente de los hechos. Los gustos humanos subyacentes y las exigencias del público en que cimentamos el medio se han transformado con el fluir de los hechos, o por lo menos los lectores sí lo han hecho. La forma en que la gente ve y sopesa las cosas ha evolucionado. El inmenso andamio de valores donde nació el medio parece vacío hoy en día, y también redundante.

Al parecer, los autores de cómics que recorren este páramo entre siglos están sujetos a un impulso doble y contradictorio. Por una parte, está el temerario propósito de año nuevo de lanzarse de cabeza al futuro, cosa que, por supuesto, debemos hacer. Por otra, tenemos el oneroso conocimiento de los escombros relucientes que dejamos atrás, a nuestra espalda. Con tantas cosas valiosas que hay en el espacioso patio de la historia del cómic, debemos preguntarnos si acaso no quedarán tesoros enterrados u objetos que podamos recuperar. Muchos tenemos la sensación neblinosa de que hay elementos del pasado de las historietas que nos darán la llave que abra el futuro del medio. Y a fin de evolucionar, al mismo tiempo debemos retroceder por paradójico que parezca. Eso nos lleva, a través de una ruta al parecer ya trazada, hasta Planetary.

Warren Ellis y John Cassaday han creado un ingenioso artefacto por medio del cual pueden explotar las posibilidades de la situación contemporánea arriba descrita. Los héroes de su relato no son luchadores contra el crimen ni guardianes globales, sino, gracias a un golpe perfecto de inspiración, arqueólogos. Son personas que excavan la superficie del mundo para conocer su pasado, sus secretos y sus maravillas. Pero en este caso, el mundo que se excava no es nuestra esfera inmediata aunque resulte casi igual de familiar. En vez de eso, excavamos un planeta que no es más que el paisaje acumulado de casi 100 años de fantasía y cómics.

Aquí conocemos las historias secretas de llanuras radiactivas, de las primeras sondas espaciales, de las incursiones alienígenas. Con un amplio tapiz, los autores nos llevan a un extraño eco de la cultura pop en Japón, a los esqueletos radiactivos de polillas y saurios gigantes, a los bulevares de Hong Kong aún hechizados por los fantasmas parpadeantes de las películas de acción. Atisbamos cementerios de elefantes de antiguos aventureros pulp y conocemos al memorable superviviente de bronce que sigue vivo dentro. Recorremos los salones de trofeos, los rascacielos secretos y muchas más alhajas. Coroneles Homicidas. Portales gremiales a otras zonas. Subterranos. Esquirlas de estratos menores del medio limpios de barro y sacados a la luz.

Por fascinante que resulte este concepto central, sin el amor ni el talento que aporta a la obra su equipo creativo, sería fácil sumirse en una farsa nostálgica. Lo que ensalza estos relatos por encima de la retrospectiva simple y teñida de rosa es la pura energía imaginativa y el arte que contiene, el impulso de lograr algo nuevo en los cómics de superhéroes comerciales que trascienda las miradas atrás y el enfoque histórico que, obviamente, debe aportar todo relato sobre arqueólogos. Las tumbas del pasado están saqueadas, y con sus piedras se pavimenta lo que aguarda al futuro del medio. El combustible de esta empresa es el activo del que siempre han dependido los cómics: la combinación de imaginación libre de las nociones culturales de las bellas artes y el gusto, el subidón jadeante de ideas que desafían las fechas de entrega, el cansancio y la fatiga.

Warren Ellis, como guionista, tal vez sea violento en muchos sentidos, pero sospecho que lo es aún más cuando debe exigirse cosas a sí mismo, cuando insiste en forzar cosas nuevas de las que aún no ha tenido tiempo de aburrirse. En su trabajo en Planetary, se notan el ardor, la lucha y el brote de inventiva, el deseo de afilar todo concepto nuevo, cada uno más incendiario que el anterior, y todo con olfato para los matices del diálogo y la lengua, ojo para las situaciones dramáticas y un sentido del humor astuto y macabro.

Por suerte para Ellis, tiene como cómplice el talento iridiscente de John Cassaday, un dibujante capaz de aportar imaginación a los paisajes, los disfraces y las construcciones gracias a un trazo que combina fuerza y una delicadeza casi etérea. Parece que Cassaday rivalice con su guionista en dinamismo y productividad, y ambos se esfuerzan en superar al otro con una nueva noción extravagante, con la delineación de una idea que dará un paso más, y acercándose al límite del territorio de lo que aún no se ha concebido. El resultado final es una obra extraordinaria de ciencia ficción sin ambages plasmada con una visión que avergonzaría a los Paul y los Finlay, a quienes reconocemos como maestros del género.

Se trata de un cómic comercial paradigmático del cambio de siglo. En una época en que muchos cómics parecen haberse estancado en un lodazal o avanzan a trompicones sin dar muestra de tener un plan coherente, Planetary presenta un brillo y una frescura propios, una erupción particular de neuronas metidas en una novela y también pautas interesantes al girar cada página. Se preocupa de todo lo que fueron y deben ser las historietas, y lo condensa en un copo de nieve perfecto, precioso y fractal. Leed y disfrutad el excelente cómic que es producto de un momento excelente de los cómics. Y pensad en Planetary.

Alan Moore
Northampton, 14 de diciembre de 1999

Artículo publicado originalmente en las páginas de Planetary núm. 1.

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