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19 de marzo de 2013
El esplendor de La Cosa del Pantano
¿Cómo sería el mundo si Alan Moore no hubiese escrito La Cosa del Pantano? ¿DC Comics habría vivido el desembarco de autores ingleses de alguna otra manera? ¿Existiría la línea Vertigo? ¿John Constantine sería un personaje surgido de las páginas del famoso magazine inglés 2000AD? Afortunadamente para nosotros, nunca sabremos las respuestas a estas preguntas porque Alan Moore sí tomó el relevo de Marty Pasko en el núm. 20 de Saga of the Swamp Thing y, con ello, cambió el curso de la Historia del Noveno Arte. Las implicaciones de este hecho en el mundo real son tantas que podríamos hablar sobre el tema durante horas, pero como hicimos en el anterior cuaderno de La Cosa del Pantano, hoy explicaremos cómo evolucionó el monstruo a lo largo del tiempo, al menos hasta el cierre de Saga of the Swamp Thing (que perdió el "Saga of the" a partir del núm. 39).

Los lectores que abrieron el primer ejemplar de la etapa de Alan Moore justo después de publicarse se encontraron con un hecho inaudito. El protagonista moría acribillado al final de aquel episodio, sin ninguna posibilidad de supervivencia. Eso no era algo muy habitual a finales de 1983. Al contrario, por aquel entonces cuando un héroe sucumbía, lo hacía de verdad (los villanos no tanto...) porque las defunciones no eran tan gratuitas como las de los años noventa. ¿Dónde estaba el truco? En el siguiente episodio, el escritor dio la primera gran muestra de su grandeza al desvelarnos algo que iba a cambiar al personaje para siempre. La autopsia del cadáver del monstruo había revelado que Alec no era un hombre, era una planta que se creía humana. Por lo tanto, no podía fallecer. Los vegetales no mueren a balazos. Cuando la Cosa del Pantano recobró el conocimiento y se enteró de la noticia, su mundo se puso patas arriba. No era capaz de asimilar que su vida era una farsa. Poseía los recuerdos de Alec porque los había asimilado de alguna manera gracias a la fórmula biorregenerativa, pero no era el científico, solo era un ser humanoide vegetal creado por accidente. Este hecho enlaza a la perfección con la versión actual de la Cosa del Pantano porque ahora sabemos que, efectivamente, la flora que conformó al primer engendro tomó como consciencia una copia de la del científico. Eso lo explica todo, pero en los años ochenta el monstruo empezó una búsqueda filosófica de su identidad que acabó con una conclusión ineludible: planta o no, tuviese un alma en su interior o no, la Cosa del Pantano era Holland. Al fin y al cabo, tomaba sus decisiones como si fuese él y sentía lo mismo que un humano.

Justamente los sentimientos de Alec tomaron una importancia suprema en la etapa de Moore. Entre todas las tramas y subtramas, una destacaba por encima de todas: la historia de amor entre Abigail Arcane y el engendro. Eran la Bella y la Bestia sin final feliz. Se amaban con locura y vivían su unión con una profundidad que no pueden sentir ni las parejas más unidas. Sin embargo, el mundo no estaba preparado para aceptar esa relación. Cuando se hizo pública, los “hombres de bien” hicieron todo cuanto pudieron para separar a la mujer del monstruo. Incluso intentaron matarlo. Afortunadamente, no consiguieron su cometido. En vez de morir, Alec se vio exiliado del planeta y vivió una aventura espacial. Pero volvió...

Otros puntos álgidos de las historietas de Moore son el cruce con Crisis en Tierras Infinitas, en el que la Cosa del Pantano deduce que el mal no existe (y eso que ha visto la maldad campar a sus anchas por todos los sitios que ha visitado), la aparición de John Constantine, la creación del Parlamento de Árboles, la muerte del padre de Zatanna o las escenas de “sexo” entre Alec y Abigail. Son tantos los momentos memorables que solo se puede hacer una cosa con estos tebeos: recomendarlos hasta la saciedad.

Sea como sea, todo lo bueno tiene un final, y la implicación de Moore concluyó en el núm. 64 de Swamp Thing. En el siguiente episodio, Rick Veitch –quien se había encargado de los lápices de esta cabecera en más de una ocasión– tomó las riendas de la colección en una era que fue, ante todo, continuista. Lo más relevante de esta fue el embarazo de Abigail, pues los enamorados consiguieron llevar su relación a un nuevo nivel al concebir una niña de una manera bastante inusual: Alec poseyó el cuerpo de Constantine en el núm. 76 para tener un encuentro sexual más o menos normal con Abigail. Aparte de esto, lo más impactante de esta etapa fue su final porque Veitch se vio obligado a abandonar la serie en el núm. 88 cuando le censuraron un tebeo en el que aparecía Jesús. La historia de Veitch no vio la luz y, en su lugar, el famoso núm. 88 dio pie a una nueva saga con unos guiones firmados por Doug Wheeler. En el núm. 90 nació Téfé, la hija de Alec y Abigail, y a partir de ahí volvimos a disfrutar de unos sucesos también continuistas, pero con la novedad de incluir un bebé.

Evidentemente, la colección sufría con la marcha de Moore. El genio había dejado el listón muy alto, y cualquier intento de imitarlo hacía que sus sucesores pareciesen peores de lo que en realidad eran (porque en ningún momento se publicaron malos cómics, pero sí es cierto que no tenían la calidad de los de Moore). A partir del anual núm. 6,
primero, y del núm. 110 de la serie, después, DC intentó insuflar nueva vida a la cabecera con Nancy A. Collins, una famosa escritora de libros de terror que supo ver el problema de compararse con Moore e hizo justo lo contrario: recuperó el tono de las aventuras de Pasko. Collins rescató personajes olvidados y creó otros nuevos, además de centrarse en el tema ecológico. Si le salió bien o no la jugada es algo a gusto de consumidor, pero lo cierto es que su labor es más que digna.

Collins dejó la serie en el núm. 138 y en el 140 se inició la última etapa de Swamp Thing, dominada por un Mark Millar que escribió al alimón con Grant Morrison los primeros cuatro episodios. Estos autores volvieron a explorar la dualidad del hombre. Millar ya en solitario se dedicó a diseñar realidades alternativas y pruebas de elementales. En el núm. 171, Millar escribió el último ejemplar de esta cabecera con un Alec triunfante que había superado a todos los otros elementales.

Enrique Ríos
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