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16 de marzo de 2017
Homenaje a un clásico
La historia de Superman y el Hombre de Arena se remonta al año 1971, cuando se produjo toda una revolución en la mitología del último hijo de Kryp­ton. La etapa de Mort Weisinger como editor de sus series había terminado después de muchos años, y con su mar­cha, también partieron muchos elementos habituales de la época. Se trataba de devolver al personaje a sus raíces y de hacerlo más accesible en oposición al héroe casi omni­potente cuyos poderes parecían no tener fin, y también de limitar la procesión perpetua de kryptonianos que habían sobrevivido a la explosión de su planeta natal. Su prima Supergirl, villanos como el General Zod y los demás presos de la Zona Fantasma y animales como Krypto pasaron a un olvido relativo que no los borró de la continuidad, sino que los obvió. El siguiente paso era neutralizar la kryptonita, el mineral que ya tenía tantos colores y variantes que sus efectos resultaban casi ilimitados. Es por esto último por lo que aquella época es conocida como Kryptonita nunca más, nombre extraoficial de la extensa trama que arrancó con Superman núm. 233.

Dicho cuaderno fue el estreno del nuevo equipo creativo encabezado por el flamante editor de la colección, el mis­mísimo Julius Schwartz. Este experto en ciencia ficción había sido uno de los principales artífices de la Edad de Plata de DC Comics, ya que bajo su tutela habían nacido personajes como Barry Allen o Hal Jordan, y también el supergrupo por excelencia, la Liga de la Justicia de Amé­rica. Schwartz también había supervisado con éxito el new-look de Batman, que a grandes rasgos había sido un experimento similar al que iba a emprender con el Hom­bre de Acero. El guion pasó a manos de Dennis O’Neil, que se estaba ocupando del maravilloso viaje de Green Lantern y Green Arrow por Estados Unidos en la serie del primero, y también de las aventuras del Caballero Oscuro, a quien también había privado de aquellos elementos sa­télite que lo habían arrancado de sus raíces originales. Y eso por no hablar de la Wonder Woman experta en artes marciales, otro cómic clave de la DC de la época. La parte gráfica de Kryptonita nunca más recayó en dos autores tan distintos como privilegiados: Neal Adams en las porta­das y Curt Swan en los interiores. Este último fue el único elemento de la era Weisinger que quedó intacto. ¿Para qué cambiar lo que funcionaba a la perfección?

La legendaria portada de Adams, aquella en que Superman rompía las cadenas verdes, albergaba una historia también fascinante. Tras un experimento científico, la kryptonita se convertía en un mineral inocuo que el protagonista incluso era capaz de comer. No obstante, la cosa tuvo otro resulta­do: el nacimiento de un ser de arena, un clon de Superman que poco a poco absorbía los poderes de este. Se conse­guía así el objetivo de limitar sus habilidades mientras su alter ego, Clark Kent, experimentaba un cambio importante en su vida cuando pasaba de la redacción del Daily Planet a presentar un informativo en televisión. Como vemos, ni Schwartz ni la editorial se anduvieron con chiquitas a la hora de modificar el statu quo del primer superhéroe de la historia.

La saga del Hombre de Arena caló tanto entre los lecto­res y los autores que era inevitable que alguien le rindiera un homenaje sin duda merecido. La labor la acometió en 1992 Walter Simonson, guionista y dibujante de referencia del momento. Este había dado sus primeros pasos en DC Comics en 1973 de la mano de Archie Goodwin, célebre editor y guionista que contó con él para el inolvidable se­rial de Manhunter que se publicó como complemento de las peripecias de Batman en Detective Comics. Posterior­mente, se encargó de la parte del Caballero Oscuro duran­te las primeras entregas de la no menos famosa etapa de Steve Englehart, y también dibujó la colección regular de los Metal Men.

El Hombre de Arena, el relato central del presente volu­men, se publicó en un especial independiente de Super­man para alegría de los fans de Simonson y de aquella etapa de O’Neil y Swan. Las referencias a esta última son constantes, incluso en el tono de ciertas situaciones, y se nota el cariño del autor por un cómic que, sin duda, marcó en su día su inminente carrera profesional. Y no sería la última vez que Simonson se ocupara de una aventura de Kal-El. Como podemos ver en este libro, también escribió el especial The Last God of Krypton, dibujado por los her­manos Hildebrandt, famosos por haber pintado el póster de la película La Guerra de las Galaxias. Y en fechas más recientes, se ocupó del número 666 de Superman, un de­moníaco episodio enmarcado en la etapa de Kurt Busiek que, con notables excepciones como The Judas Coin, fue uno de sus últimos trabajos para DC antes de centrar bue­na parte de su producción contemporánea en el mercado independiente.

Fran San Rafael

Artículo publicado originalmente en las páginas finales de Grandes autores de Superman: Walter Simonson - El hombre de arena. ¡Ya disponible en tu librería favorita!

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