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20 de julio de 2012
Mundos de vida hirviente y apasionada
 A mediados de la década de 1980, Alan Moore (Northampton, 1953) sacudió los cimientos de la historieta estadounidense con los primeros episodios de su etapa en La Cosa del Pantano. El éxito de esta obra apasionante convirtió al británico en el guionista del momento y le valió nuevos encargos por parte de DC Comics: de un lado, la magistral serie Watchmen; de otro, el puñado de relatos sobre distintos personajes de la compañía que hoy recopila este volumen. Las historias de El Universo DC de Alan Moore -de extensión y ejecución diversa- se publicaron por primera vez entre los años 1985 y 1988. Un cuarto de siglo después se mantienen tan frescas y pujantes como entonces. ¿Cuál es el secreto de su perdurabilidad?

En primer lugar, su riquísimo cosmos narrativo: el conjunto de estas narraciones ofrece una panorámica amplia y compleja del mundo que comparten personajes como Superman, Green Arrow o la Cofradía Arácnida. La variedad de enfoques que Moore despliega en sus guiones le permite adecuar la forma narrativa a las peculiaridades del héroe o del villano que protagoniza el relato. El ejemplo más claro es la bellísima historia Pisadas, donde el tono bíblico y legendario empleado para narrar el origen del Fantasma Errante se contrapone al estilo sórdido y realista con que se cuenta la desgracia del pandillero Josh.

El segundo elemento que preserva estas historias de la acción corrosiva del tiempo es la habilidad del británico para ofrecer caracterizaciones originales, creíbles y poderosas de los personajes más trillados. Tal es el caso de Superman en la historia Para el hombre que lo tenía todo..., que nos brinda una perspectiva memorable del Hombre de Acero mediante la representación de sus deseos más profundos. Valga, también, el ejemplo del Joker en La broma asesina, historieta que recrea con tintes tenebrosos el origen del popular villano. Y, por supuesto, es el caso del grotesco Clayface en Barro mortal, un prodigio de narración subjetiva donde los haya (es decir, una historia narrada a través de los ojos de uno de sus personajes); en ella, este monstruo proyecta con tal fuerza sus anhelos amorosos sobre un maniquí que acaba por investirlo con atributos netamente humanos.

Pero los enmascarados no siempre detentan el protagonismo en estas historias. A veces, carecen de entidad y se limitan a jugar un papel de meras comparsas. Así le ocurre al Vigilante, cuyo heroísmo se disuelve al contacto con la atmósfera corrosiva de El día del padre. Moore convierte a este justiciero -creado por Marv Wolfman y George Pérez en las páginas de Nuevos Titanes- en un espectador ridículo y casi impotente de la tragedia que pretende evitar: a lo largo de la historia, recibe insultos, golpes, disparos; incluso le roban su supermoto en una escena impagable. A la postre, presenta una figura tan lastimosa que el protagonismo recae sobre dos personajes aparentemente secundarios: una deslenguada traficante de drogas y un psicópata asesino y violador que, gracias a la sutileza de su carácter, nos conmueve tanto como nos repugna. En este sentido, las creaciones del británico resisten las etiquetas morales más cómodas. Esto se debe, en parte, a su complejo trazado psicológico. Pero también a la forma en que se cuentan sus historias.

Precisamente, la forma es el tercer elemento que preserva estos relatos del paso del tiempo. Y es que la forma (no el contenido, con ser éste muy importante) es el ingrediente esencial que infunde verosimilitud, originalidad y hondura a una obra de ficción. ¿A qué me refiero con el término “forma”? A la combinación de dos aspectos concretos: el estilo y el orden en que aparecen dispuestos los acontecimientos a lo largo de la trama.

En este volumen, Moore hace gala de una gran sofisticación estilística. Esto se refleja en diversas manifestaciones: en la variedad de tonos narrativos (desde el acento humorístico en Mogo no socializa a la entonación elegíaca en la brillante historieta ¿Qué le sucedió al Hombre del Mañana?); en la profusión y riqueza de los textos de apoyo (que, normalmente, exponen el pensamiento de alguno de los protagonistas y ofrecen un contrapunto dramático a lo que muestran las imágenes); en la viveza de los diálogos (que retratan perfectamente a los personajes, avanzan acontecimientos futuros y marcan el ritmo narrativo); y, por supuesto, en la elevada categoría literaria de los textos.

Respecto al orden que adoptan los hechos en el relato, Moore suele iniciar sus historias cuando la trama está más que mediada o, prácticamente, concluida. De este modo alimenta la curiosidad del público avivando el suspense del relato. La línea de la jungla es una muestra perfecta de ese recurso: la página inicial presenta a un hombre enfermo -obviamente Superman- que conduce por una autopista del sur de los Estados Unidos; “se dirige al sur para morir”, remacha el texto. Un planteamiento tan intrigante suscita enseguida varias preguntas: ¿qué le sucede al Hombre de Acero? ¿Cómo llegó a ese estado? ¿Sobrevivirá a la enfermedad que le consume? No se preocupe el lector: esta historieta satisfará su curiosidad, gratificando su paladar con el sabor de las mejores historias.

Y no sólo los acontecimientos aparecen descolocados respecto a su orden cronológico natural. El tiempo narrativo también sufre cambios y se acelera o ralentiza según las necesidades dramáticas. A veces, incluso, cobra vida propia y actúa como un personaje más de la obra. En este sentido, el ejemplo más emblemático y sorprendente en este volumen es, sin duda, la historieta corta Vidas Breves.

Pero, aparte su refinamiento narrativo, las historias de Alan Moore son también ficciones amenas y entretenidas. Incluso, con ser grandes creaciones artísticas, han alcanzado la categoría de best-seller. En verdad, obras como El universo DC de Alan Moore resultan perfectamente accesibles al gran público porque cumplen el ideal de las mejores invenciones literarias: exponer con claridad mundos de vida hirviente y apasionada.

Jorge García




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