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24 de noviembre de 2015
“¿No sabes que no puedes volver a casa?”
Esa es una frase que le dijo la escritora Ella Winter a su amigo Thomas Wolfe. Ins­piró a Wolfe para escribir una novela con un título similar. Es la idea de que lo pasado nunca puede recuperarse. Profunda. Desconcertante. Trágica. Pero ¿qué diablos sabían ellos? Solo eran un par de mundanos.

Esto es Fábulas. Y en Fábulas todo es posible. ¿Thomas Wolfe y Ella Winter? Pssh. Tenemos a Lobo Feroz y a su hija Invierno. Y caballeros. Y fantasmas. Y magia. ¿No puedes volver a casa? Puedes, si vives en un cuento de hadas.

Eso es lo que hace que los contenidos de este volumen sean tan especiales. Aparte de su edición nuevecita, exquisita, de compra obligada, a lo “ninguna colección está completa sin ella” (y también corta patatas en juliana), El buen prín­cipe es, ante todo, un cuento de hadas clásico y a la vieja usanza.

Hace más de siete años que leo Fábulas. Es una serie fantástica que ha sido capaz de enganchar hasta a mi esposa, Cobie Smulders. (Venga, ya recojo del suelo ese nombre que he dejado caer sin vergüenza alguna. Pero la amo y, básicamente, es una Blancanieves real, así que ¿tú no la mencionarías?) Creo que lo primero que me atrajo del cómic fue una sensación de nostalgia. Recordaba a esos personajes de mi infancia. Una época más sencilla, cuando yo no sabía lo que era una factura de teléfono. Y eso me hacía feliz. Me gusta ser feliz.

Así que empecé a leer. Y entonces llegó el giro. Estos personajes no son los arquetipos bi­dimensionales de mi infancia. Son complicados y con defectos. Como gente que conozco en la vida real. De hecho, existen en nuestro mundo. Donde los finales no siempre son felices. Fábu­ las está llena de finales infelices, así como de referencias literarias profundas que no siempre reconozco. Pero las busco en Google, aprendo algo y me siento más listo. Y me gusta ser más listo.

Estas son las versiones adultas de los per­ sonajes que conocemos y amamos. Como noso­tros, se tuvieron que ir de casa. A diferencia de nosotros, espero, ellos lo hicieron en contra de su voluntad. Ahora tienen que luchar con asun­ tos mundanos, figurada y literalmente. Ya no son el centro de sus historias, sino que se han convertido en parte de un pequeño grupo en un mundo mucho más grande. Bill se ha apropiado de estos personajes. Los ha reinventado. Los ha actualizado. Los ha mostrado de formas en las que nunca los habíamos visto antes. Pero, en este momento, llevamos 60 números. ¿Cómo sigues manteniendo fresco algo que ya se ha refrescado? Pues desrefrescándolo de la mejor manera posible. Llevándolos de vuelta a casa.

¿Y no es eso de lo que tratan todas las gran­des historias? ¿Querer ir a casa? Es lo único que quería Dorothy. Ciudadano Kane quería volver con Rosebud. Y es la meta definitiva de los ciudadanos de Villa Fábula. Pero se les ha negado una y otra vez. Así que la ranita llega para cortejarlos.

Joder, me encantan los caballos perdedores. Siento haber usado la palabra “joder” (una ver­güenza, lo sé) pero es que me gustan de verdad. ¿Y qué hay más perdedor que un pelirrojo flacu­cho que friega suelos? Creo que cierta propietaria de una zapatería de Villa Fábula también tuvo unos inicios humildes. ¿Ves? Igual que en el típico cuento de hadas. O sea, si no estás de parte de Ambrose, probablemente seas el Adversario. Es el caballo perdedor perfecto o, si me lo permites, rana perdedora, tras pasar de ser un toque cómi­co desventurado a un alma atormentada con un pasado trágico. No puede ir más que hacia arriba. Pero antes, ha de ir hacia abajo.

Y esto es a lo que me refiero cuando digo que El buen príncipe es un cuento de hadas clá­sico. Tenemos a nuestro héroe, a quien solo le deseamos lo mejor. Tiene que vencer. Tiene que hacerlo. Sufre la transformación mágica. Tiene que demostrar su valía. Debe afrontar las dificul­tades. Debe superar situaciones imposibles. Y si todo sale bien, quizás –y digo quizás– tengamos nuestro final feliz.

Verás, estoy intentando no chafarte dema­siados detalles de este tomo, por si aún no has leído los números que contiene. Y si es la primera vez que lees esta historia, ¿podemos ser amigos? Porque haces las cosas bien. “Esperaré a que edi­ten la serie con la mayor calidad posible antes de empezar a leerla.” Bien por ti. De paso, ¿podemos dedicar un momento a comentar lo preciosas que son las portadas de James Jean? Ojalá hubiera un MPFJJ, o sea, un Museo de Portadas de Fábulas de James Jean . ¿Y Mark, Steve y Andrew? Me inclino ante vosotros. Si se me permite usar la analogía de Frankenstein, Bill ha cosido las partes del cadáver, incluido el corazón, y vuestras ilus­traciones son el rayo que da vida a la criatura. La criatura es el cómic. No es que sea una cria­tura fea. Al contrario. Y las historias de Bill no son tejido muerto reanimado. Olvidaos de lo de Frankenstein. Dibujáis muy bien, chicos.

Una vez dicho esto, se me ocurre que el monstruo de Frankenstein también quería vol­ver a casa. Así que volvemos a la analogía de Frankenstein. Y si eres de los que aún están so­pesando esta posible compra, espero que esta pre­ciosa creación de los doctores locos Willingham, Buckingham, Leialoha, Pepoy y Jean (así como sus ayudantes de laboratorio Loughridge y Klein) en­ cuentre el camino a tu casa. Y que la disfrutes tanto como lo he hecho yo. Pero espero que no tire a tu hija a un lago. Dejemos de nuevo lo de Frankenstein.

Ahora, si me disculpas, voy a retirarme al “refugio” (guiño-guiño, codazo-codazo) de mi ho­gar, le leeré un cuento de hadas a mi hija, le daré un beso de buenas noches a mi mujer y abriré un poco más de Fábulas. Porque, como nos enseña Papamoscas, no solo puedes volver a casa sino que, a veces, puedes hacer que sea incluso mejor que antes.

Taran Killam
27 de septiembre de 2013

Artículo publicado originalmente en las páginas de Fábulas: Edición de lujo - Libro 8 ¡Ya a la venta!
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